Hay una emoción especial que se respira en el aula de infantil cuando algo pequeño y vivo va cambiando ante tus propios ojos.
En Burlington Elementary, la expectación viene creciendo desde hace semanas.
Todo empezó con unas orugas: diminutas, retorciéndose y llenas de preguntas. Día tras día, los alumnos las observaban crecer, formar crisálidas y transformarse en silencio. Y entonces, casi de repente, surgieron las mariposas.
Cuando llegó el día del estreno, esas mariposas ya formaban parte del aula.
«Nos hemos encariñado mucho con nuestros pequeños amigos», dijo la profesora Marcy McGurgan. «Los gritos de alegría cuando soltamos las mariposas en nuestro invernadero fueron preciosos».
Con mucho cuidado, los alumnos llevaron sus mariposas al invernadero de Burlington y se detuvieron un momento antes de abrir los recipientes. Algunos dudaron, otros susurraron un «adiós» y otros simplemente observaban con los ojos muy abiertos cómo las mariposas desplegaban las alas y se elevaban en el aire.

Las reacciones fueron inmediatas y sinceras.
«Ayudarán a las plantas».
«Podrán poner huevos y más huevos».
«¡Así se mantendrá el ciclo de vida!»
«¡No pasarán frío ni les caerá ningún copo de nieve!»
Para muchos alumnos, era la primera vez que veían cómo algo cambiaba tan radicalmente. No en una pantalla ni en un libro, sino justo delante de ellos.

La profesora Stephanie Hill consideró que esta experiencia había sido una parte significativa de su unidad didáctica sobre ciencias de la vida, en la que los alumnos siguieron cada etapa del desarrollo de la mariposa de principio a fin. El proceso les brindó la oportunidad de observar algo real, cuidarlo y, finalmente, dejarlo marchar.
Y ese momento, cuando las mariposas por fin se posaron en las hojas del invernadero, estuvo lleno de una mezcla de emoción, orgullo y un ligero toque de asombro.
Es difícil no sentirlo también.
